
Génesis 22:1-2 «Aconteció que después de estas cosas, Dios probó a Abraham, y le dijo: ¡Abraham! Y él respondió: Heme aquí. Y Dios dijo: Toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré».
Aquella mañana que leí este pasaje de la Biblia en mi tiempo devocional, quedé profundamente admirado. Cuando se trata de fe, este episodio de Abraham e Isaac es uno de los más controversiales y desafiantes. Lo normal sería que un padre se negara a matar a su propio hijo para ofrecerlo como sacrificio. La propia naturaleza paterna lo demanda. Pero, a diferencia de los padres normales, Abraham obedeció en fe. Conocemos el resto de la historia: Dios probó su fe, y proveyó de un Cordero para el sacrificio en lugar de su hijo Isaac. Pero si miras atentamente, este pasaje bíblico tiene más cosas qué enseñarnos acerca de nuestro corazón caído por el pecado.
Enfatizo en el versículo 2: “Toma a tu hijo, tu único, a quién amas…”. Es un detalle muy sutil que revela el centro de la atención del corazón de Abraham: Isaac. Casi podría leerse entre líneas: “Lo único que más amas sobre todo, Abraham, dámelo en sacrificio…”. Isaac era lo que el el Patriarca más amaba, tal vez porque lo tuvo en la vejez con su esposa Sara. Él obedeció y lo entregó a Dios como ofrenda.
Estas observaciones acerca del corazón de Abraham y de su amor por Isaac me llevó a preguntas que no me había planteado tan a fondo:
- ¿Qué tan dispuestos estamos para sacrificar lo que más amamos? (lo digo en un sentido espiritual)
- ¿Amas más a tu familia, a la mujer de tu vida, al hombre de tus sueños, a una carrera exitosa, un empleo bien pagado, un sueño cumplido, un ministerio fructífero?
- ¿Qué es lo que más atesoras en tu corazón?… Eso que atesoras más que a nada en el mundo, ¿Estarías dispuesto en ponerlo en el altar del sacrificio?
- ¿Amarías aún más al SEÑOR a pesar de que te sea quitado aquello que tanto amas?
- ¿Estarías dispuesto a negarte a ti mismo con tal de que sea el SEÑOR el centro de tu adoración y no aquello que posees con tanto amor en esta vida?
- ¿Quién o qué está en primer lugar en tu corazón? ¿O acaso has construido ídolos en lugar de Dios?
A veces nuestro propio corazón nos engaña tan bien, y solapa nuestro amor por Dios y pone en el altar aquello por lo cual damos nuestra vida y pensamientos. Recuerda la aseveración de Jesús sobre la importancia del discipulado:
Mateo 10:37-38 «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí».
Entonces ¿Qué se necesita para sacrificar a nuestro “Isaac”? Dos cosas:
(1) Tener temor de Dios. Es lo mas sabio que puedes hacer: reverenciar a Dios y darle el lugar que le corresponde. Se trata de no rehusar aquello que tanto amas (léase Génesis 22:12). Es necesario sacrificar nuestro orgullo, nuestros sueños, nuestras metas, nuestras relaciones, nuestras posesiones, o cualquier área de nuestra vida o de nuestro carácter; a fin de discernir más claramente si Jesús realmente es el centro real y total de nuestra vida. Como dijo Corrie Ten Boom: “Nunca podrás entender que Cristo es todo lo que necesitas, hasta que Cristo sea todo lo que tienes”.
(2) Llevarlo a la Cruz. El lugar donde Abraham llevó a Isaac para ser sacrificado fue el Monte “Moriah”. Siglos después, en una de las laderas de este monte estaba el “Gólgota”; el lugar dónde Jesús fue crucificado. Ése es el mismo lugar en que Isaac estuvo a punto de morir allí. Cuando sacrifiquemos a nuestro “Isaac”, podremos ver al Cordero Santo que ha sido provisto para el perdón de nuestros pecados. Vayamos con fe al Monte “Moriah” y entreguémonos a la Cruz para morir a nosotros mismos y sea Jesús el que viva en nosotros (léase Gálatas 2:20).
Quizás nos sea devuelto nuestro “Isaac”; tal vez no. En tales momentos, conviene recordar lo que dijo Job cuando perdió todo: «El SEÑOR dio y el SEÑOR quitó; bendito sea el nombre del SEÑOR» (Job 1:21).
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