Les cuento que conocí a Jesús en 1973 y lo acepté como mi único y suficiente salvador en Septiembre de ese año, y en Noviembre del mismo año me bauticé. Desde entonces he tratado de vivir una vida lo más cerca de Cristo posible, tal como seguramente trata de hacerlo usted... pero vió? Qué se hace dificil la cosa, no?
Uno trata y trata y, a veces, nos pasa como al apóstol Pablo que decía:
el bien y no puedo y todo el mal que no
quiero hacer, voy y lo hago...
Cuánta sinceridad, no le parece? Cuánta convicción de querer parecerse más y más a Jesús!!!
A veces pienso que la vida cristiana es, precisamente, eso, un constante deseo de superación personal, tanto en lo espiritual y luego en lo que toca a la persona... Luchamos constantemente contra las mañas del viejo hombre que dominó nuestras vidas por un determinado tiempo, a veces, muchos años y, de pronto, nos damos cuenta de que aquel viejo hombre sigue haciéndonos caer en actitudes de las que luego, cuando nos damos cuenta, lamentamos hasta las lágrimas.
A veces, el Señor nos amonesta tiernamente. Su corrección llega cariñosa; nos reprende con amor; nos da la oportunidad de recapacitar y enmendar nuestro error. Pero en otras ocasiones, nos sacude fuertemente, nos amonesta con dolor y nos constriñe a corregirnos con celo y soberana firmeza, porque él es el Señor y Dios de nuestras vidas.
Allí es cuando sufrimos la corrección del Señor. Allí nos damos cuenta de que aquel viejo hombre ha permanecido escondido en un rincón de nuestras vidas acechando nuestros pasos para quebrar nuestra voluntad, aquella que supimos ofrecer al Señor, aquella que le entregamos cuando, arrepentidos, supimos decirle: Señor te entrego mi vida, hazla tuya, sé tú el que guíe mis pasos, sé el timón de mi barca, quiero ser como tú... y otras tantas cosas que, seguramente, usted como yo estamos recordando en este preciso momento...
Estoy seguro de que lo hemos hecho con lealtad y decisión. Yo recuerdo que una inesperada sensación de convicción me invadió cuando abrí mi corazón a Cristo. Era decididamente avasallante; no existían temores, recelos, obstáculos que me impidieran contar al mundo mi nueva vida con Jesús... y creo sinceramente que a usted también le pasó lo mismo...
Luego vinieron los años y el tiempo se hizo largo. La vida comenzó a pasarme por encima. Conocí a mi esposa, el noviazgo, el casamiento, los primeros años de matrimonio, llegaron los hijos, y siguió pasando el tiempo, implacable, tal como le habrá pasado a usted. Muchas veces, debo reconocerlo, tal como le pasó al apóstol Pablo, no pude hacer todo lo que debía e hice o dije aquello que no debía. Fiel ha sido nuestro Señor, pues siempre he sentido su perdón como una caricia, su espíritu que me sostuvo y su palabra que me ha alentado a seguir intentando ser fiel a pesar de algunas caídas.
Ahora bien, le invito a preguntarse, tal como lo hice yo, ¿qué pasó con aquel ímpetu avasallante que nos caracterizó al conocer a Cristo?
Indudablemente el paso del tiempo tiende a oxidar esos contactos del alma con Dios. Entonces la comunicación, la comunión, la unión del espíritu con el Espíritu de Dios se resiente, no es perfecta, es deficiente y, en algunos casos, nula.
Allí aprovecha el viejo hombre para aflorar y desatar nuestros deseos naturales, nuestra propia decisión, nuestros caprichos y sentimientos crudos y alejados de la voluntad de Dios.
Sucumbimos en discusiones, dando lugar a la ira, la maledicencia, las malas intenciones, los deseos de venganza enardecidos, llenos de odio y rencores... nos encolerizamos fácilmente, herimos con hechos y palabras... el mal obrar se torna pan de cada día y nuestras conciencias se adormecen a tal punto que no importa ser líder, pastor o mero concurrente a los cultos, el ego se enarbola y los celos destruyen la amistad y la confianza... el pecado descarnado se cubre con la mentira y la intimidad... las habladurías, chismes, dimes y diretes corren por pasillos y cocinas como un reguero de pólvora, para dar paso a congregaciones que se desdoblan y se separan... algunas para seguir revolcándose como el perro en su vómito, otras para, arrepentidas, aceptar la corrección del Señor y entregarse al esfuerzo de superarse día a día en santidad...
Pero qué pasó con nosotros? Que fue lo que revivió al viejo hombre cuyo destino era la muerte misma? Por qué hemos dejado que sus engaños nos condujeran a tan mísera manera de vivir, sin ser agradecidos, sin practicar la oración, sin ser misericordiosos, sin cultivar la lectura diaria de la Biblia, sin predicar el evangelio, sin amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos?...
La palabra de Dios nos dice en
«Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el cual anda en medio de los siete candeleros de oro, dice estas cosas: Yo sé tus obras, y tu trabajo y paciencia; y que tú no puedes sufrir a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia por mi nombre, y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor. Recuerda por tanto de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré presto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido. Mas tienes esto, que aborreces los hechos de los nicolaítas, los cuales yo también aborrezco. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.»
Aquí se halla la respuesta a nuestra pregunta. Se trata de haber abandonado el éxtasis del primer amor; aquello que nos movilizó hasta los huesos y nos hizo estremecer de emoción cada vez que pronunciábamos el nombre Jesucristo... Por esto, precisamente, deseo invitarle a que, por unos instantes, volvamos en el tiempo hasta aquel precioso momento en que, arrepentidos, contritos y humillados, llegábamos por primera vez a los pies de Cristo...
Quiero que me acompañe en este acto de recordación; lo que es importante es que se detenga un momento y viaje en el tiempo hasta aquel bello momento en que entregó su alma a Cristo...
Piense, piense, recuerde, vuele en el tiempo, deje que el espíritu de Dios lo distraiga y vuelva a ese instante en que su vida cambió del día a la noche... recuerda aquellas lágrimas? Recuerda su pecho hinchado de emoción? Cuántos sentimientos sublimes invadieron su alma en ese instante!!! Los recuerda? Recuerda como deseó acariciar las heridas del Señor, ser su bálsamo en aquel momento de tanto sufrimiento en la cruz?... Déjese llevar por la emoción, si acaso le invade en este momento, deje que esas lágrimas afloren, no las reprima, déjelas caer que lavarán los pies del Señor en esta mañana, tal como lo hizo María en la aldea de Betania... Oh, varón de Dios que me escuchas, ablanda ese corazón endurecido, regresa al primer amor para que puedas comer del Árbol de la vida... Desecha ya tus excusas, y comienza a amar a tus hermanos más que a ti mismo... arrepiéntete de percibir ganancias deshonestas, deja de aprovecharte de la limosna de la viuda, de la buena voluntad de tu prójimo y recibe la bendición de Dios en esta mañana...
Joven querido, vuelve a amar al Señor como el primer día! Desecha el consejo de los malos que te rodean, vuelve a honrar a tus padres, porque eso es agradable a los ojos de Dios! Guarda tu cuerpo para el Señor, no lo destruyas... no lo contamines... Sé celoso de lo que ven tus ojos, de lo que escuchan tus oídos, de lo que tocan tus manos, de lo que prefieres y de lo que ingieres... Piensa que en ti hay un propósito para Dios, que Jesús entregó su vida por ti para que seas ejemplo entre los fieles y que ninguno tenga en poco tu juventud...
Jovencita querida, qué decirte a ti que me escuchas, consérvate como la perla más cara de la vitrina, guarda tu cuerpo amando al Señor por sobre todas las cosas... Permítele que siga siendo el que guíe tus pasos y guarde tu entrada y salida... deja que El tome en sus manos tu corazón, tus sentimientos, tu pasión, para que no seas engañada por el viejo hombre con sus hechos y caigas en tentación... y el Señor te premiará con la corona de gracia...
Hermanos míos, anhelemos vivir cada día con el entusiasmo del primer amor, ese amor que nos hace decir...
«Amado Jesús, cuánto te amo... me duelen tus heridas... esas que sufriste por mí... qué hermoso eres Jesús, así, resucitado! Ven a mi corazón nuevamente... habita en mí... perdóname si te he ofendido en hecho o en palabra... ven, siéntate en mi mesa, come y bebe de mi mano... recuéstate en mi cama... habita en mi casa... camina conmigo a la escuela, al trabajo, al mercado, a la plaza y adonde quiera que vaya... Señor Jesús, deseo enamorarme de ti, de tu presencia... permíteme recostarme en tu pecho, como lo hacía el discípulo amado... quiero decirte que eres todo para mí y que nada soy sin ti... porque me abriste el camino al Padre Eterno allá en el Calvario donde sufriste y derramaste tu sangre por mi... Oh, Espíritu Santo, lléname y renuévame en el amor de Cristo... que mi cuerpo y alma estén llenos de amor a Jesús...» Amén, Amén y Amén...
siempre en mis oraciones
tu hnita en Cristo
♥pensamientos de paz♥
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