
No era muy preparado. Es más, en el tercer año de escuela primaria lo expulsaron porque decidió prender una petaca en pleno salón. Era una variante del explosivo "tumba-ranchos" y por poco desbarata el plantel académico. En adelante toda su formación se debió a lo que aprendía de la vida.En la edad adulta se dedicó a cualquier ocupación que saliera al paso.
Fue desde vendedor de periódicos, pasando por mesero en un restaurante de segunda clase—donde no daban propina y los clientes se limpiaban el bigote con el antebrazo—hasta armador de ladrillos, en las afueras de la ciudad.Cada vez que hablaba, ponía de manifiesto su ignorancia.
Los amigos—igual que él—creían que era el lo más selecto de la ordinariez. El proceso de cambio se produjo cuando, en la pequeña iglesia del barrio, conoció a Jesucristo. Una noche de jueves. Llovía a cántaros pero él, aburrido de escuchar música tropical, decidió aventurarse a ver y escuchar lo que ocurría en ese lugar. Y el mensaje de las Buenas Nuevas lo atrapó.
Hoy diferente. Totalmente. Es evidente que ha sido transformado. No es el mismo que antes decía noventa tonterías en un lapso de sesenta segundos. Sus pensamientos y actitudes son distintos. Él mismo se encuentra sorprendido. Y sólo encuentra una explicación: leer la Biblia me ha hecho diferente, asegura.
Transformación definitivaCuando nos acercamos a Dios para vivir conforme a Su voluntad, encontramos en la lectura de la Biblia un valioso instrumento para aprender nuevos principios e incorporarlos a nuestra cotidianidad.
A las Escrituras debemos acercarnos, no solamente con un interés académico o científico, sino en esencia de humildad, dispuestos a aprender aquello que nos quiere enseñar nuestro amado Señor. El autor de Hebreos, en el capítulo 4 versículo 12 enseña que "La palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos; penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón".
Es importante que cada día crezcamos. Probablemente usted no sabe cómo hacerlo. No será de la noche a la mañana, sino poco a poco. Cada día, aprenda algo nuevo en la Palabra. Vivéncielo. Pregúntese ¿cómo puede aplicarlo a su existencia? Sin duda y a vuelta de poco tiempo, usted me podrá decir que—en efecto—ha crecido en los planos personal y espiritual.
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