
Jamás podría expresar con palabras la enorme alegría que sintió cuando el agente comercial de la ensambladora de motocicletas le entregó las llaves de su vehículo. Nueva. Color rojo, intenso, brillante. Imaginaba la cantidad de lugares que podría visitar, como Ícaro volando a través de la inmensidad del Olimpo.
--Espero que la disfrute—le dijo con una sonrisa el dependiente.--No dudo que será así. No alcanza a imaginar cuánto ahorre, por más de año y medio, para comprar ese aparato--, respondió mientras encendía el motor.Ese día fue como descubrir de nuevo la ciudad: los parques, la circunvalar, el monumento deldescubridor Sebastian de Belalcázar sobre el que se divisaba todo Santiago de Cali y el Parque del Amor, a las afueras.
Una semana después, a pesar del sumo cuidado con el que se desplazaba por calles y avenidas, un taxi lo arrinconó y para evitar estrellarse de frente contra un poste, terminó dirigiendo la moto hacia el enorme cristal de un almacén de juguetes. La cubierta de la enorme ventana se fraccionó en infinidad de astillas de cristal.
Algunos fragmentos se incrustaron en su piel y sufrió unas cuantas raspaduras, pero ya en la clínica, el médico le indicó que no tenía lesiones de gravedad. Cuatro horas más tarde lo dieron de alta.Con vendas y mientras relataba de nuevo el incidente a su madre, no pudo menos que desconocer que había sido la intervención de Dios la que le había guardado.
Si bien era prudente para conducir, no podía contar con la misma prudencia por parte de los otros motoristas. "Dios me guardó", concluyó.En las Escrituras aprendemos que nuestro amado Padre celestial nos protege, no importa qué mal quieran hacernos o las circunstancias que amenacen nuestra integridad: "Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche.
Jehová te guardará de todo mal; El guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre. " (Salmo 121:5-8)Si bien es cierto, Él es nuestro protector, debemos expresarle nuestra confianza. Saber que—sin importar qué pueda ocurrir—no nos abandonará a nuestra suerte. Estará de nuestro lado. Es la certeza de que nada malo puede dañarnos, porque Él nos cuida como a sus hijos amados.
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