
“Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo:
Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”.
(Jeremías 31:3) Si existe alguna cosa sobre la
cual yo vivo muy agradecida de Dios es por mis
padres y hermana. Estoy convencida de que son
la mayor bendición que Dios me ha otorgado.
Son mi fortaleza e inspiración para seguir adelante
y son quienes me impulsan a luchar y trabajar por
esos sueños que quiero alcanzar. Desde pequeña,
mi abuelita y mis padres me enseñaron a
amar a Dios sobre todas las cosas.
Me instruyeron y me hicieron saber que el
mayor éxito que yo pudiera obtener no sería
suficiente si faltaba Dios en mi vida. Pienso que gracias
al buen ejemplo que he tenido de mis abuelitos y padres,
sus cuidados, afecto y paciencia son los que me han enseñado
a yo poder comprender y recibir el amor de mi Padre celestial.
La Biblia muestra diferentes ejemplos de padres que amaron
a sus hijos de forma entrañable. Puedo mencionar a Job,
que ofrecía sacrificios a Dios pidiendo perdón y misericordia
por si alguno de sus hijos había pecado. Eso muestra el
grado de interés que Job, como padre amante y
preocupado por la salvación de sus hijos tenía.
Me parece que Job anhelaba que sus hijos fueran reverentes
y reconocieran que todo lo bueno que tenían provenía
de ese Ser Supremo que habita en los cielos.
Abraham esperó tantos años para ver cumplida
la promesa de que Sara diera a luz a su hijo Isaac.
Entre Abraham e Isaac había una relación muy estrecha.
Observamos a un Isaac obediente y
sujeto a su padre Abraham.
Me parece tan interesante, como Abraham sabiendo que
ya no le quedaban muchos años de vida, envía a su siervo
a buscar esposa para Isaac. Isaac tenía unos 40 años y
todavía no se había casado. Como en aquella época los hombres
vivían más tiempo que ahora, a los 40 años podríamos decir
que Isaac estaba en la primavera de su vida. Pero si
a Isaac le hubiera tocado vivir en estos tiempos,
el reto que le hubiera tocado enfrentar al
estar soltero a esa edad no hubiera sido fácil.

