Cuando paso estos momentos a solas contigo, es que comprendo el verdadero alcance de tu Palabra cuando dice: (Ef. 2:6) “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. Es una promesa para el tiempo presente, no solamente para cuando lleguemos a esas moradas celestiales; porque afirmas que ahora, ya estamos sentados contigo. Y esto es lo que mi alma anhela ardientemente, poder sentarme como María a tus pies para disfrutar de estos momentos a solas contigo.
Poder remontarme a las alturas de tu santidad, porque Tú habitas en la altura de la santidad. A esos montes celestiales quiero llegar, como Pedro, Jacobo y Juan, que vieron en aquel monte resplandecer tu rostro como el sol, y tus vestiduras se hicieron blancas como la luz. A ti alcé mis ojos, a ti que habitas en los cielos.
¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; despierto, y aún estoy contigo. Señor tu presencia me inunda de un gozo indecible y quisiera que estos momentos a solas contigo, fueran perpetuados por toda una eternidad.
El hombre que no te conoce pretende llegar a ti como los insensatos de Babel, por sus propios méritos y esfuerzos humanos. Si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Por eso resueltamente acepto tu invitación de acercarme al trono de tu gracia, por medio de la escalera de Jacob que Tú has provisto a través de la cruz.
Cómo quisiera, al igual que Pedro, hacer tienda junto a ti y permanecer eternamente en este monte de la gloria tuya. Pero entiendo que ese deseo y anhelo profundo de mi alma, será cumplido en esa eternidad que se acerca; mientras tanto, debo descender donde están los inconversos y hablarles de tu gloria, santidad y misericordia infinita.
Pronto, muy pronto alumbrará el alba de aquel día donde no tendré que dejar jamás estos momentos a solas contigo, porque la eternidad, donde el tiempo no será más, allí podré disfrutar para siempre de tu presencia, porque yo mismo habré de recibir un cuerpo de gloria semejante al tuyo. Amén, sí Señor.
Por el momento, mi alma se regocija en estos manantiales de aguas dulces y refrescantes que me has preparado mientras transito por este desierto. Gracias Señor porque puedo recostarme en tus brazos y descansar bajo tu sombra y gozarme en tu amor eterno. Sé para mí una Roca de refugio, adonde recurra yo continuamente, Amén.








